domingo, 8 de mayo de 2011

CELEBRADA BICI-PATIN-FESTACIÓN EN LAS PALMAS

El pasado 29 de abril se celebró en Las Palmas de Gran Canaria una Bici-patin-festación como "expresión de una apuesta por un medio de transporte seguro, ecológico, económico, sostenible, saludable y solidario" y también para celebrar el Día de la Tierra.

La actividad fue realizada por el colectivo Las Palmas en Bici que han venido desarrollando en los últimos años un valioso trabajo en el fomento de la bicicleta como medio de transporte no contaminante y saludable, como sus mismas palabras expresan, que logra hacer una ciudad más acogedora y amable en la que se puede respirar con mucha mayor libertad.

Desde Atamarazayt no tenemos más que felicitar el magnífico trabajo que están realizando l@s compañer@s de Las Palmas en Bici.

http://www.youtube.com/watch?v=IKB4GxaNDzM

jueves, 5 de mayo de 2011

NUEVAS PROYECCIONES DE LA MEMORIA INTERIOR

Después del éxito logrado tras la proyección de "La Memoria interior" en Madrid (España), para este fin de semana están programadas dos nuevas proyecciones.

La primera de ellas será mañana viernes a las 19.00 horas en el Cine Guayre de Gáldar. La segunda se realizará el sábado 7 de mayo, a las 20.00 horas en el Centro Cultural Maspalomas.

Proximamente están previstas diversas proyecciones en El Román (San Lorenzo), La Laguna, Sevilla, Barcelona, Pamplona, Buenos Aires y Córdoba (Argentina).

martes, 3 de mayo de 2011

LA AMAZONÍA PELIGRA

De forma inminente se va a votar en el Congreso brasileño la modificación del Código Forestal que, desde 1965, establece las áreas protegidas de Brasil. Curiosamente, el proyecto ha sido presentado por un diputado comunista que contará con el apoyo de la denominada bancada ruralista, que agrupa a un influyente sector político que funciona como testaferro de los intereses de la industria agropecuaria y los terratenientes.

La modificación plantea la reducción de las áreas protegidas para permitir el avance del área cultivable. El Código forestal vigente establece las Áreas de Preservación Permanente (APP) que están situadas en zonas de riesgo de inundaciones y deslizamientos y que sólo pueden ocuparse para la realización de obras de interés público, además de que establece la protección de un área de 30 metros en los márgenes de los ríos, que se vería reducida a la mitad.

En la misma línea, el Código vigente obliga a los agricultores a mantener una reserva legal, un área protegida dentro de todas las propiedades rurales que varía entre el 80% en la Amazonía y el 20% en el sur del país. La reforma también reduce este requisito, a un 50% en el caso de la Amazonía.

Con la reforma pretendida, Greenpeace calcula que se deforestarían 85 millones de hectáreas de las 537 que ahora son boscosas. Otras organizaciones aumentan la cifra.

La reforma también amnistía a aquellos propietarios que ocupan áreas ilegalmente, lo que daría más fuerza a la cultura de la impunidad.

RAZONES PARA RECHAZAR ESTA REFORMA
Diversos movimientos ecologistas se muestran de acuerdo en actualizar la reforma pero no de este modo. A la razón que se pone para realizarla, la necesidad de aumentar la producción agrícola de Brasil, los ecologistas proponen a cambio aumentar la productividad ya que, por ejemplo, bastaría con utilizar los 61 millones de hectáreas dedicadas a la ganadería de bajo rendimiento con una productividad de apenas 0,7 cabezas de ganado por hectárea, tres o cuatro veces menos que hace décadas. Según un estudio de la Universidad de Sao Paulo, con la utilización de estas tierras infrautilizadas se duplicaría la superficie cultivada.

Instituciones científicas como la Asociación Brasileña de Ciencias (ABC) y la Sociedad Brasileña para el Progreso de la Ciencia (SBPC) abogan por aumentar la eficiencia y la productividad, al tiempo que denuncian que con la reforma del Código Forestal se reducen las áreas protegidas en un 31%.

Ambas organizaciones enviaron al Congreso el estudio El Código Forestal y la ciencia: contribuciones para el diálogo con sus críticas al proyecto de reforma. Por ejemplo, las reservas legales y las APP abrigan insectos polinizadores sin los que las cosechas de cultivos como la soja, el café o el maracuyá pueden sufrir caídas de entre el 40 y el 100%. Por su parte, expertos de tres universidades brasileñas exponen que la reforma del Código Forestal llevaría a una reducción de la biodiversidad, a un aumento de la emisión de gases perjudiciales para la atmósfera y a un aumento de las pérdidas de suelo por la erosión. Del mismo modo, los efectos de la reforma provocarían un aumento de la probabilidad de inundaciones, debido a la ocupación de los márgenes fluviales.

A pesar de que el ponente de la reforma insiste en que favorece al pequeño agricultor, tanto el Movimiento de los Sin Tierra (MST) como Vía Campesina se han manifestado en contra de disminuir las áreas protegidas.

FUENTE: Diario Público

miércoles, 27 de abril de 2011

Estimular el crecimiento versus organizar la sostenibilidad

Por su interés, publicamos el siguiente artículo de Antonio González Vieitez.

ESTIMULAR EL CRECIMIENTO VERSUS ORGANIZAR LA SOSTENIBILIDAD

En las últimas semanas los voceros más conspicuos del empresariado canario, desde ámbitos institucionales tradicionales (Confederación Canaria de Empresarios, Círculo de Empresarios) y, también desde nuevas plataformas (Centro Atlántico de Pensamiento Estratégico (CATPE) y Fundación Emeris), nos vienen ofreciendo sus propuestas para salir de la crisis. A mi juicio, se trata de iniciativas que parecen coordinadas, y que aprovechan una coyuntura que consideran favorable a sus intereses, especialmente por dos razones.

La primera es que, al margen que se haya hecho poco en las islas para superar el vendaval del paro, la recuperación económica de los países centrales de la Unión Europea, está empujando a nuestro sector locomotora, el turismo, que comienza a mostrar signos inequívocos de vitalidad. Además a esta tendencia se unió un impresionante rebote exógeno, ocasionado por las inesperadas convulsiones políticas del Mediterráneo musulmán. Estos acontecimientos, sin apenas más análisis, han “despertado” las pautas de actuación tradicionales y la dirigencia canaria, siguiendo el guión al pie de la letra, se apresta a intentar repetir, una vez más, el ciclo alcista del conglomerado Promoción- Urbanización-Construcción-Inmobiliario-Residencial-Turístico (engrasado a conveniencia con el lubricante, 3 en 1, de la especulación). Esa es la explicación evidente por la que el primer informe del CATPE, en su misma presentación en sociedad, se centre en denunciar las rigideces excesivas y la sobrelegislación que “atenaza” al Territorio en el Archipiélago. Que no hacen otra cosa que desalentar a los “emprendedores” y espantar la tan deseada inversión inmobiliaria. Por eso, entiendo que (al margen de reconocer las ineficiencias del sistema que se pone en tela de juicio), es necesario denunciar que, entre los objetivos básicos planteados por estos voceros, está el acabar de una vez por todas con lo que queda de las Directrices y, al tiempo (lo que es defendido sin complejos por el PP), hacer desaparecer del mapa a la COTMAC. Con la finalidad declarada de convertir al Territorio en pura mercancía, e instaurar el sistema de barra libre para su utilización.

La segunda razón para esta avalancha de propuestas, a mi juicio, es la proximidad de las elecciones locales y, sobre todo autonómicas. Parten de la convicción de que es el momento de avanzar, sin ninguna traba, en la “conquista” del más descarado Liberalismo (lo del “Neo” es un intento engañoso de diferenciación). Por eso plantean que lo que quieren no es otra cosa que lo que se está imponiendo de forma tan ominosa en Grecia, Irlanda, Portugal…Y que es igualito a lo que están defendiendo el Fondo Monetario Internacional, la OCDE, el G-20, el Banco Central Europeo, el Banco de España y, con un entusiasmo mayor o menor, los Gobiernos de los 27 países de la UE.

Y es justo en este escenario, donde confluyen con la Globalización en marcha. Y donde se atreven a defender medidas inimaginables hasta hace apenas tres años. Y a continuar dando más vueltas de tuerca. Así, además de congelar pensiones, disminuir salarios, aumentar la edad de jubilación, abaratar el despido, privatizar las Cajas de Ahorro, Aena, la Lotería Nacional, Emalsa… Ahora proponen modificar la negociación colectiva, ligar los salarios a la productividad, disminuir fuertemente la financiación de la Sanidad (retengan que la Sanidad Canaria es la que más ha bajado su presupuesto en 2011, nada menos que el 12,4 %) y de la Educación, forzándolas a disminuir la calidad de sus servicios públicos y, como consecuencia, segregando una sanidad y una educación potentes para los más ricos y otras, degradadas y desmanteladas, para todos los demás.

Hay que subrayar que se trata de un comportamiento “globalizado” de la sociedad moderna, que está llevando, con sus propuestas socio-económico-políticas, a colocarnos a la inmensa mayoría (en algunos aspectos, a la totalidad) de los ciudadanos del Planeta, al borde del precipicio, a caminar por el filo de la navaja.

En este sentido, no es necesario que traigamos a colación a Fukushima (recordemos que donde está presente la energía nuclear, por ejemplo en el sol, no existe vida. Por eso, su utilización masiva exige unos niveles de aislamiento tan pluscuamperfectos, que son inalcanzables), es suficiente mencionar el Cambio Climático. O lo que está ocurriendo con la disminución de la biodiversidad. O, en otro orden de cosas, lo que acaba de ocurrir con la terrible crisis económica mundial, que tuvo sus orígenes en la desregulación bancaria pero que acabó azotando a la economía real con el vendaval del paro. Al borde del precipicio está la sociedad griega, a la que se está forzando a aceptar lo inaceptable. O nuestra propia sociedad canaria, con un 30% de paro, que llega a un 45% de los jóvenes isleños.

¿Y…? Pues todo eso es posible porque han conseguido gravar a fuego en las mentes de todos los ciudadanos, que es así porque no hay alternativa. Que hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades (me refiero al Estado del Bienestar). Que “es lo que hay”. Y que, por tanto, la rebelión, la indignación y hasta la insumisión son actitudes y comportamientos, además de inútiles, estúpidos y que “nos expulsan a la melancolía”.

Pero ¡No es verdad que la civilización humana nos haya metido a todos en una ratonera sin salida! Conocemos de sobra la existencia de los movimientos sociales alternativos. Y, los que tengan curiosidad e interés por estos temas (el Gran Tema de la Civilización actual), pueden estudiarlos en centenares, miles, de textos teóricos y Manifiestos Sociales donde se viene elaborando la imprescindible idea que “Otro Mundo es Posible”.

En este sentido, las propuestas empresariales que veíamos más arriba, van encaminadas a eliminar las rigideces y las reglas en vigor que, según ellos, hay que arrasar para poder estimular el crecimiento. Y esa afirmación solo se sostiene en la idea de que el crecimiento económico es infinitamente continuo. Y que las crisis y las recesiones siempre se solucionan creciendo más y más. Y, a estas alturas del 2011 de la era cristiana, todos sabemos que eso es sencillamente imposible, insostenible.

Porque la verdadera opción que se nos presenta en esta encrucijada canaria, europea y mundial es, o bien apostar por la vía de estimular el crecimiento económico y cuanto más mejor, o bien apostar por la vía de organizar la sostenibilidad. Sabiendo que, para ser sostenibles, los comportamientos y las políticas individuales y sociales tienen que adecuarse a las posibilidades y los límites que nos ofrece la Biosfera. Y que, para salvaguardarlos, es necesario establecer las reglas, las leyes y los topes adecuados. Aquí y ahora no hay espacio para desarrollar estas ideas, de sobra documentadas en la literatura al uso y al alcance de todos. Lo que me interesa destacar, para terminar hoy, son dos obviedades.

Una. Contra las propuestas planteadas por las instituciones empresariales de desregular, privatizar y liberalizar “los mercados”, aquí estamos defendiendo la estrategia de que, organizando la sostenibilidad, podemos ser capaces de evitar merodear por el filo de la navaja. Y que la única forma civilizada y democrática de hacerlo es estableciendo las leyes adecuadas que prioricen los intereses de esa sostenibilidad. Tanto los que se refieren a los aspectos medioambientales (energías limpias y públicas, lucha contra el cambio climático…), como a los socioeconómicos (dirigir la producción y el consumo hacia estándares sostenibles, distribución de la renta de forma justa y eficiente…). En este ámbito, la garantía de los servicios públicos fundamentales es determinante.

Dos. Si la única forma de arreglar los “fallos de mercado” es legislar de manera sostenible, resulta que el único instrumento democrático concebido para conseguirlo, es La Política. Pero ocurre que todos estamos escuchado, “ad nauseam”, que todas las opciones políticas al uso lo que plantean es “apaciguar a los mercados”. Y esta expresión es la utilizada por todos los responsables gubernamentales, siendo la única excepción famosa la del gobierno islandés. Pero eso es justo lo contrario de lo que se necesita. Por eso, la avalancha de propuestas empresariales que venimos comentando, van dirigidas a situar a la Política “en servicios mínimos”. A que los políticos no “entorpezcan” a los mercados, sino que los dejen hacer. Que son instituciones sabias, que nunca se equivocan, que siempre se autorregulan y que nunca destrozan las sociedades que a ellos se encomiendan. Y, con la fe del carbonero, siguen manteniendo estas tesis aún cuando toda la evidencia las niega.

Y entonces llegamos a la mayor de las paradojas, si se quiere contradicciones. Los que estamos convencidos que Otro Mundo es Posible, además de necesario, no tenemos otro instrumento a nuestro alcance para conseguirlo que La Política. Y, percatadas de este enorme riesgo, las clases dominante y dirigente, han hecho lo imposible para que los ciudadanos, y en primerísimo término los jóvenes, la consideren no como el único instrumento que disponen para cambiar sus vidas, sino como algo repugnante que hay que aborrecer. Porque es una profesión para lucrarse y porque “todos son iguales”. Es una plaga social, como el paro. Así, la política es una institución inservible y, sobre todo, prescindible. Hay que pasar de ella.

Por eso, si fuéramos capaces de informarnos, indignarnos y comprometernos políticamente, estaríamos en condiciones, primero, de apartarnos del borde de todos los precipicios y, segundo, de inaugurar una nueva fase, distinta y superior, de la Humanidad. Y eso se está debatiendo, al mismo tiempo, en las elecciones peruanas, en las calles del Yemen, en la Baja Sajonia, en Winnipeg y, por supuesto, en nuestro Archipiélago.

lunes, 4 de abril de 2011

Un pueblo con dignidad

Un pueblo con dignidad
Francisco González Tejera

La cultura de un pueblo se mide por la capacidad de guardar en su memoria colectiva gran parte de su historia. La dignidad de las personas que vivimos en un lugar humilde no tiene nada que ver con las que sobreviven perdidas en grandes urbes insensibles e inundadas de ruido y contaminación. Espacios de cemento y hormigón alejados del canto de los pájaros y del saludo amable, junglas de asfalto donde ya casi no existen los sueños.

El urbanismo especulativo ha ido acabando con toda esa magia de los pueblitos que formaba parte de la idiosincrasia de sus habitantes. Precisamente en donde vivo y con el avance de las construcciones se camina de forma progresiva hacia la perdida de esa identidad. El cemento arrasa y acaba con antiguas fincas agrícolas, antes vergeles de frutales y plataneras y ahora templos de hormigón. Espacios naturales protegidos como la Montaña de San Gregorio sufren el destrozo de la edificación indiscriminada de bloques de viviendas construidas ilegalmente, eriales sin casi servicios, sin transporte público, sin tiendas y con cientos de casas vacías, en venta porque sus vecinos no pudieron pagar el robo a mano armada de los préstamos hipotecarios.

Ciertos políticos y sicarios viven de los pelotazos urbanísticos. Esos cuatro años de gobierno pueden valer de mucho si dan con el constructor mafioso adecuado, aquel que pasa millones en bolsas de plástico o maletines a cambio de recalificaciones y vulneración de leyes de impacto ecológico o espacios naturales. Por eso mucha gente contemplamos con tristeza esta montañita mágica, fortaleza aborigen del valle de Atamarazayt, antes del municipio de San Lorenzo, ahora en manos de entidades bancarias y constructoras, antes un paraíso donde las familias de Tamaraceite pasábamos tardes de meriendas y juegos entre los árboles centenarios y las leyendas de nuestros ancestros, ahora un espacio destruido, contaminado, con sus barrancos y cardones enterrados en cemento armado, en residuos de la codicia de los que viven para llenar sus cuentas corrientes con dinero manchado de sangre y naturaleza.

Afortunadamente en este rincón de la isla de Tamarán queda mucha gente honrada que lucha por sus derechos, un colectivo de padres y madres que logran gracias a su esfuerzo y tenacidad que un colegio desahuciado se restaure y sea de nuevo un templo del saber, que vecinos y vecinas de “Los Bloques” que llevan el nombre del patronato creado por el dictador caminen juntos para conseguir la tan ansiada calidad de vida, el derecho a una vivienda digna que establece La Carta Magna, para que las generaciones futuras crezcan en armonía y sin esa marginación histórica creada en los despachos más lúgubres de regidores y políticos sin escrúpulos.

Sobran los motivos para celebrar el esfuerzo colectivo de quienes se resisten a ser vencidos por los tentáculos de este sistema depredador, la gente sencilla de nuestro pueblo que se merece todos los homenajes porque son parte de esa red que teje un mundo mejor repleto de justicia, igualdad y fraternidad. Personas honestas al margen de la generalizada corrupción política, un oasis de esperanza en medio de la desolación. Todo un honor vivir en un barrio humilde, en un pueblo con historia y dignidad.


http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com/

Un pueblo con dignidad

Un pueblo con dignidad

La cultura de un pueblo se mide por la capacidad de guardar en su memoria colectiva gran parte de su historia. La dignidad de las personas que vivimos en un lugar humilde no tiene nada que ver con las que sobreviven perdidas en grandes urbes insensibles e inundadas de ruido y contaminación. Espacios de cemento y hormigón alejados del canto de los pájaros y del saludo amable, junglas de asfalto donde ya casi no existen los sueños.

El urbanismo especulativo ha ido acabando con toda esa magia de los pueblitos que formaba parte de la idiosincrasia de sus habitantes. Precisamente en donde vivo y con el avance de las construcciones se camina de forma progresiva hacia la perdida de esa identidad. El cemento arrasa y acaba con antiguas fincas agrícolas, antes vergeles de frutales y plataneras y ahora templos de hormigón. Espacios naturales protegidos como la Montaña de San Gregorio sufren el destrozo de la edificación indiscriminada de bloques de viviendas construidas ilegalmente, eriales sin casi servicios, sin transporte público, sin tiendas y con cientos de casas vacías, en venta porque sus vecinos no pudieron pagar el robo a mano armada de los préstamos hipotecarios.

Ciertos políticos y sicarios viven de los pelotazos urbanísticos. Esos cuatro años de gobierno pueden valer de mucho si dan con el constructor mafioso adecuado, aquel que pasa millones en bolsas de plástico o maletines a cambio de recalificaciones y vulneración de leyes de impacto ecológico o espacios naturales. Por eso mucha gente contemplamos con tristeza esta montañita mágica, fortaleza aborigen del valle de Atamarazayt, antes del municipio de San Lorenzo, ahora en manos de entidades bancarias y constructoras, antes un paraíso donde las familias de Tamaraceite pasábamos tardes de meriendas y juegos entre los árboles centenarios y las leyendas de nuestros ancestros, ahora un espacio destruido, contaminado, con sus barrancos y cardones enterrados en cemento armado, en residuos de la codicia de los que viven para llenar sus cuentas corrientes con dinero manchado de sangre y naturaleza.

Afortunadamente en este rincón de la isla de Tamarán queda mucha gente honrada que lucha por sus derechos, un colectivo de padres y madres que logran gracias a su esfuerzo y tenacidad que un colegio desahuciado se restaure y sea de nuevo un templo del saber, que vecinos y vecinas de “Los Bloques” que llevan el nombre del patronato creado por el dictador caminen juntos para conseguir la tan ansiada calidad de vida, el derecho a una vivienda digna que establece La Carta Magna, para que las generaciones futuras crezcan en armonía y sin esa marginación histórica creada en los despachos más lúgubres de regidores y políticos sin escrúpulos.

Sobran los motivos para celebrar el esfuerzo colectivo de quienes se resisten a ser vencidos por los tentáculos de este sistema depredador, la gente sencilla de nuestro pueblo que se merece todos los homenajes porque son parte de esa red que teje un mundo mejor repleto de justicia, igualdad y fraternidad. Personas honestas al margen de la generalizada corrupción política, un oasis de esperanza en medio de la desolación. Todo un honor vivir en un barrio humilde, en un pueblo con historia y dignidad.

Francisco González Tejera
http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com/

sábado, 26 de marzo de 2011

Cambio, crisis y oscuridad

*Faustino García Márquez

Aquí estamos, en medio del océano, a miles de kilómetros de los lugares desde los que nos llegan los alimentos, los combustibles, las medicinas, los bienes de consumo, los turistas. Como tantos otros, en la época de la globalización, el comercio mundial y las trasnacionales. Pero un tanto más, por nuestra relativa lejanía y nuestra absoluta insularidad, que nos interpuso primero en el camino de la expansión colonial europea; y, mucho después, de la expansión vacacional europea.



Así se gestó, hace 50 años, nuestra primera gran crisis contemporánea: el paso de una economía agraria a una economía de servicios, la migración masiva del campo a las ciudades, el abandono del espacio productivo, recolonizado difusamente por la residencia y el ocio, la concentración de actividades y servicios en las capitales insulares, los centros turísticos y algunas franjas litorales más. Una polarización territorial que se vio reforzada por la alta progresiva densidad poblacional del archipiélago. Y ya tenemos todos los ingredientes sobre la mesa.



Pero no; falta el complemento que todo lo sazona: la dependencia, la extrema dependencia. Dependencia económica de una actividad prevalente que se subordina a unos operadores y unas aerolíneas externas y, sobre todo, a unos visitantes externos, a su variable capacidad económica y sus hábitos, sujetos a modas y modos. Dependencia alimentaria, porque son muchos los residentes y visitantes, y poca y decreciente la propia producción de autoconsumo.



Dependencia energética, porque no hemos sabido, podido o querido desarrollar energías alternativas, y seguimos sujetos al petróleo, que impregna toda nuestra vida: el transporte de turistas y residentes, la importación de alimentos y bienes, la exportación agrícola, la producción de agua, la generación de electricidad. Ya es mala pata que nuestra actividad económica más importante empiece y termine con un viaje de miles de kilómetros en avión, con la quema directa de varias toneladas de queroseno en las capas altas de la atmósfera, más sensibles a las emisiones causantes del calentamiento global. Pero hay más: nuestro peculiar sistema territorial. La letal combinación de macrocefalia y dispersión, obliga a los ciudadanos a ir y volver cada día desde su vivienda al trabajo o a los servicios de todo tipo, mayoritariamente en su propio coche y con una ocupación inferior a 1,2 viajeros por vehículo. En estas condiciones, las redes de transporte de personas, mercancías, energía y agua son particularmente ineficientes. Es la causa de que el 28% de las emisiones canarias de gases de efecto invernadero procedan del transporte terrestre. El otro gran capítulo es la generación y consumo de energía eléctrica, incluida la producción industrial de agua, que provocan el 53% de las emisiones. Y las medidas precisas para actuar sobre causas tan difusas y democráticas coinciden, aquí y exactamente, con las necesarias para implantar un modelo sostenible de desarrollo.



Nuestra otra peculiaridad es la vulnerabilidad. Lo que nos hace atractivos, lejanía e insularidad, nos vuelve vulnerables o, si lo prefieren en otro registro, lo más vulnerable es nuestro atractivo. En primer lugar, la afluencia turística. Al incremento del precio de los viajes, por el enrarecimiento y encarecimiento crecientes del petróleo, comienza a sumarse la penalización fiscal por las emisiones del transporte aéreo, que también pueden crear mala conciencia en los viajeros más concienciados.



El aumento de la temperatura, el debilitamiento de los alisios y la mayor frecuencia de los vientos de levante, afectará a nuestro actual confort climático. Las sequías y las plagas acelerarán los procesos de desertización, pérdida de suelos y retroceso o desaparición de algunas especies y ecosistemas que también caracterizan y cualifican nuestro paisaje, componente significativo de nuestro atractivo y esencial de nuestro patrimonio. El riesgo de epidemias y la mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos trascenderá con mucho de la pérdida de seguridad para los visitantes: las consecuencias de las posibles situaciones de emergencia se multiplican con la lejanía, la insularidad y la extrema dependencia alimentaria y energética del exterior.



La lejanía del continente europeo no puede hacernos olvidar nuestra cercanía al continente africano, ni los inmensos padecimientos que el clima, la demografía, las guerras y la falta de alimentos, agua y energía están causando a su desesperada población. La solidaridad, la colaboración y el codesarrollo no son para nosotros solo una obligación humanitaria, como país desarrollado, sino una necesidad vital, como pueblo que comparte el mismo espacio del planeta.
Presente imperfecto.



Tenemos algunas experiencias positivas en el Archipiélago, pero casi todas adolecen de la intensidad y continuidad precisas. Bastantes municipios y algunas islas, han formulado Agendas 21 Locales o planes de sostenibilidad, pero son muchos menos los que las han puesto en marcha y mantienen vivo el proceso. A nivel regional, contamos con un plan de desarrollo territorial sostenible, las Directrices de Ordenación General, y con un Plan regional de mitigación del cambio climático y está finalizándose un Plan de adaptación al mismo.



La formulación de estos documentos, en sí, indica una cierta presión y conciencia sociales, y genera, también por sí misma, un efecto pedagógico y movilizador más o menos duradero. Pero tenemos una pertinaz tendencia a afrontar los problemas con palabras, normas y planes. Y las leyes, los planes y las palabras son necesarios, imprescindibles incluso, para definir objetivos, fijar prioridades, diseñar estrategias y coordinar esfuerzos. Pero no son suficientes: persiste en la sociedad y las administraciones del Archipiélago una visión desarrollista y caciquil del territorio, como simple soporte de actividades económicas y yacimiento de votos. Hasta corporaciones significadas por su modernidad en otros ámbitos de la realidad social y económica, mantienen una fe casi franquista en que la clasificación del suelo y las grandes infraestructuras significan desarrollo económico, que el consumo de territorio genera riqueza, en proporción directa.



La crisis económica ha aumentado la miopía y disparado la voracidad. Todo vale para combatir el desempleo. Con su excusa, se emprende la desregulación territorial y acelera el expansionismo inmobiliario e infraestructural. Aumenta la dispersión y, en un entorno social y ambiental crecientemente desprotegido y empobrecido, crece el despilfarro multimillonario en infraestructuras innecesarias, que no corrigen las ineficiencias del sistema, pero consumen y compartimentan el espacio. Y como incumplir las leyes sostenibles sabe a poco, se anuncia su próxima voladura. Y todo ello, sin necesidad de invocar al tangible fantasma de la corrupción.



Futuro posible.
La crisis económica, que arrancó a mitad de los años 70 del pasado siglo, y que sigue transformando la economía y la sociedad mundiales, no está sola: la acompañan las crisis del clima, la energía, el agua, los alimentos, la población, las macrociudades. Estamos ante un cambio global y la sociedad tiene que transformarse profundamente para hacerle frente. Conocemos el itinerario a seguir, de tanto hablarlo, legislarlo y planificarlo: conservar y adaptar nuestro patrimonio natural y paisajístico, promover energías alternativas, preservar el suelo agrario como recurso estratégico y fomentar su puesta en cultivo, compactar y dotar de servicios a nuestras ciudades y pueblos, movernos menos y colectivamente, urbanizar y edificar con el clima y la sostenibilidad como objetivos, ofrecer un destino turístico paradigma de sostenibilidad, convertir las Islas en laboratorio para investigar el clima, el agua y los alimentos y promover el codesarrollo con los pueblos vecinos.



Es necesario, imprescindible y urgente; pero, además, es posible. Hay experiencias de las que podemos y tenemos que aprender, pero urge echar a caminar. Ahorrar agua, electricidad y gasolina o separar residuos son prácticas al alcance de todos; pero no podemos quedarnos solo ahí, se necesita actuar también colectivamente, apoyando a los grupos sociales que trabajan por la transformación, integrándose en organizaciones cívicas, implicándonos, participando activamente, recuperando la capacidad individual y colectiva de reaccionar, de resistir, de indignarnos, de exigir.



La función de las instituciones y administraciones es liderar este proceso, y también depende de nosotros, como ciudadanos, con nuestras acciones y nuestros votos, obligarlas a encabezar la marcha, en lugar de pararla, desviarla o prostituirla. En esta empresa, no hay sitio para el fracaso; como concluye el historiador británico Eric Hobsbawm en su Historia del Siglo XX, “el precio del fracaso, la alternativa a una sociedad transformada, es la oscuridad.”

*Arquitecto urbanista

FUENTE: Diario de avisos